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lunes, 11 de junio de 2012

Progreso con P de lo que ya tú sabes.

Cuando era chiquita, iba con mi abuelo a visitar a la familia en Los Santos.  Íbamos a Las Tablas, a Santo Domingo (La Teta, decía él), en su enorme carro azul, por largas carreteras desoladas.  Solo veíamos, de vez en cuando, un hato de ganado, un niño sacando agua de un pozo, una casita de quincha con dos taburetes en el portal. Llegábamos a un pueblo y salían las primas, los tíos, a ofrecernos un café, una chicha, un duro, un silla, una hamaca, un buen cuento, un rato de atención y genuino amor familiar.

Pequeños pueblos con río o con mar, llenos de gente con más sentido del humor que posesiones materiales, en los que se canta para hablar y se vive en paz. Una de las primas de mi abuelo cosía polleras, uno de los primos de mi abuelo tenía una fragua.  Cosas mágicas y maravillosas, alimento para una feroz imaginación. 

Treinta y tantos años después hago con mis hijos un viaje a Pedasí.   Es un pueblo hermoso, con el sabor de esos pueblos de mi recuerdo... y mil negocios nuevos de bienes y raíces, burguers and wings, spas, pizza parlors, bakery shops, fishing trips, spanish lessons here, villas for sale, sushi night, learn to roll your own sushi roll (en serio), Pedasí is not going to be a secret forever, buy now, etc. Cool.  Chévere.  Avance.  Progreso.  Dinero.  Trabajo.  



¿Y por qué no me siento bien?

lunes, 23 de abril de 2012

¿Para qué sirve la poesía? (Pregunta retórica para el Presidente y los Honorables Diputados)



Hay infinidad de respuestas para esta vieja pregunta.  De entre mis favoritas de un foro de internet están:

- Para hacer que ciertas chicas dejen a sus novios y vengan a jugar con
uno...
- Si es poesía no sirve para nada. Si es una cuchara, para tomarse la
sopa.
- En este momento estoy por andar a un paseo en bicicleta. La poesía me sirve para sentir el viento en el rostro, por ejemplo.

Para una persona que nunca ha estado en contacto con la poesía, la poesía no tiene ningún valor.  Pero quién no ha estado en contacto con la poesía.  Alguna vez habrá entrado a un baño de un bar y habrá leído esos inmortales versos “Orine feliz, orine contento, pero por favor, orine dentro”.  Alguna vez habrá ido a un cementerio y habrá leído la lápida que, impertérrita anuncia “Que tengas tanta paz como descanso dejas”.  Alguna vez  habrá compuesto, incluso, su propia versión del Himno Nacional (alcanzamos tu abuela en bicicleta y eso).

La poesía no sirve para nada.  Tendrás sus usos prácticos.  No se me ocurre ninguno.  Ah, bueno, ejercitar la memoria.  Ehhh... habrá cifras que reflejan cuánto se hace al año publicando libros de poesía (no mucho, asumo).  También... uno puede copiarse de alguna frase y dárselas de importante....

Pero la poesía sirve para todo. Cura o agrava el mal de amores.  Muestra, enseña.  Explica.  Confunde.  Desenmadeja.  Hace pensar. Refleja.  Aclara, enturbia. Es una suerte de Mentholatum.  Hace pensar.  Provoca.  Lágrimas, risas.  Infartos.  Desnuda, cubre.  Convence. Y hace pensar.  Es un espejo, un lago, un microscopio, un telescopio.  Es una flor, una pinta de sangre.  Es un lápiz, un fusil.  Es la bola del helado.  Y no podemos vivir sin el helado.  Presidente Martinelli:  no podemos.  Pareciera que sí.  Pero no.

La poesía, el teatro, la danza, la música, somos nosotros mismos.  No podemos vivir sin alma.  Queremos estar en el escenario, no escondidos en una oscura oficina.  Necesitamos, requerimos, exigimos un política cultural, un gran proyecto de nación-cultura.  Ya lo dijo el poeta Jaime Sabines.  La poesía sirve para sacar la flor de las cenizas.




martes, 20 de diciembre de 2011

ESTAMOS BIEN


Entro a la regadera y me doy cuenta de que solo me queda un poquito de shampoo. Es raro, pero no me importa.  Me baño rápido, me seco y me pongo algo más bonito que los pantalones cortos que he estado usando desde el 20.  Mi mamá cierra el teléfono y nos disponemos a celebrar la navidad más extraña de nuestras vidas. 
Solo tenemos dos tamales congelados. 
- Uno para ti y uno para mi, dice mi mamá. 
La vecina la llama.   Ella sale con cuidado y  regresa con medio pollo asado y su fe en la humanidad renovada.  Les llevamos uno de nuestros dos tamales y pensamos que así debería ser siempre la Navidad. 
Algo tan insignificante como poner la mesa me conmueve hasta las lágrimas.  Pienso en todo lo que no sé.  Nos reímos mientras comemos, recordando a los hombres de la calle que bajaron a la esquina a esperar a los CODEPADI.  Primero pasó uno con un rifle.  Luego pasaron dos con machetes.  Luego, otro con un bate.  Y finalmente, uno que no encontró más nada que una yuca grande y gorda para defenderse. 
El teléfono suena otra vez.  Mi mamá contesta, mientras recojo la mesa y friego.  Esta es la guerra más cómoda del mundo, nunca se ha ido la luz y tenemos agua y teléfono, decimos, y mientras los rostros ríen, los corazones lloran.  No nos ha tocado perder a nadie.  Pero algo hemos perdido. 
- ¿Si? ¿Otra vez?  Pero ayer también dijeron que venían por San Francisco... ¿Y que se están metiendo en las casas?  Yo no creo que eso sea verdad... ¿Una prima de la vecina?  No creo, en la entrada de la barriada hay un tanque... Sí... Estamos protegidas, sí... Hablamos.  Feliz Navidad a ustedes también.
Nos sentamos frente al Nacimiento mientras vuelan los helicópteros sobre nuestra casa.  Prendo una velita y me imagino a San José, sin comida, en una tierra ocupada, dependiendo de la caridad de su prójimo.  Pobre hombre.  Por un segundo, agradezco que mi padre y mi abuelo no hayan vivido esto.  Nada nos ha pasado.  Estamos bien.  Lo bien que se puede estar con el corazón desgarrado.  Cantamos Tu Reinarás.  En nuestra patria, en nuestro suelo.  Cuando llegamos al coro tenemos un nudo en la garganta.  

martes, 1 de noviembre de 2011

Tío Conejo y El Repicador

¿Ustedes han oído a la abuelita decir alguna vez “Ese que va ahí… sabe más que Tío Conejo”?  Es que Tío Conejo, sabe mucho.  Sabe tanto que durante su larga vida pudo salvarse más de una vez de las garras del Tío Tigre, del Tío Lagarto y de la Tía Zorra, e incluso una vez en Taboga me contaron, que hasta de la Tía Ballena.

Pero, llegó el día que Tío Conejo se puso muy enfermo. Entre sueños y delirios pensó:  - “Ayyy…he vivido grandes aventuras.  He engañado a algunos para salvar mi pellejo y me he reído de casi todos, pero una gran tristeza embarga mi corazón.  Tengo que idear un plan para volver a escuchar un tamborito.”-

En esas meditaciones estaba Tío Conejo, cuando llegó a visitarlo el Repicador.  El Repicador era un niño de muy buena familia, bien educado, siempre dispuesto a ayudar a los demás,   Como siempre, venía a visitar a Tío Conejo para saber de su salud, pues hacía meses que lo veía decaído.

-Tucutuplá tuplá- ,dijo el Repicador, que en el idioma de los instrumentos de percusión quiere decir: “Hola, Tío Conejo, ¿còmo estás?”

Tío Conejo lo miró con ojos tristes y le contestó: “Mal, muy mal.  Mi tiempo sobre esta tierra se acaba.  Y antes de irme, quisiera volver a oír una vez más un tamborito.”

“¿Un qué?”, preguntó, alarmado, el Repicador.

Tío Conejo, con su intuición característica, comprendió enseguida que el Repicador era la solución a su problema.  Y puso en marcha un plan.  Empezó a revolver su rancho, actuando como un loco: sacudió la hamaca, buscó debajo de las pailas, adentro del pilón, en lo motetes, y finalmente explicó: “¡Se me ha perdido el tamborito!  El tamborito es la música de estas tierras.  En mis tiempos lo bailábamos, haciendo una ronda, cantando y aplaudiendo.  Las parejas saludaban al tambor más importante haciendo una venia.  Pero desde que se me perdió, ya no se baila, ya no se canta, ya no se toca.  Y eso me pone muy triste.”

Mientras decía esto, Tío Conejo utilizó toda su fuerza de voluntad para que los ojos se le llenaran de lágrimas.  Y, fíjense si es vivo, que lo consiguió, mejor que un artista de cine. 

“¡Pues yo lo voy a encontrar!”, dijo muy dispuesto el Repicador saliendo del rancho de Tío Conejo. 

Caminó un poco... tucutuplá... y decidió ir a consultar a la persona más sabia del pueblo:  El tío Rabel.  El tío Rabel era un violín criollo, viejo, viejísimo, y que se creía de muy alta alcurnia.  Siempre se llenaba la boca diciendo que sus ancestros venían de Europa, por eso las Hermanas Maracas no lo podían ver ni en pintura.

Chacachachá chacachachá, decían a coro, que en su idioma quiere decir: “¿Y quién dijo que venir de Europa es mejor que venir de estas mismas tierras?  Nuestros ancestros son los indios que vivían por aquí y estamos muy orgullosas de ellos.”
“Bah”, contestaba el Tío Rabel, tensando su arco, “qué saben ustedes dos, calabazas rellenas de semillas”

Y se formó la pelea:  Chacachachá chacachachá tuiu tuiu tuiu chacachachá.

El Repicador llegó en medio del alboroto: “¡Al Tío Conejo se le ha perdido el Tamborito y tengo que encontrarlo!”  El Tío Rabel se rascó la cabeza y las Hermanas Maracas, se miraron la una a la otra.  

El Repicador suplicó:  “Por favor, Tío Rabel, tú eres el más sabio de estas tierras”, dijo, dándole donde le dolía al viejo violín-.  “Sí tú no puedes darme señas de dónde encontrar al Tamborito, el Tío Conejo se irá de este mundo sin cumplir su sueño”. 
“Vamos donde Doña Cantalante, ella sabrá cómo encontrarlo”, dijo el Tío Rabel.
Y las Hermanas Maracas, que aunque eran muy perequeras tenían un corazón de oro, se unieron al grupo.  

Tucutuplá chacachachá chacachachá tuiu tuiu tuiu 

Doña Cantita, así le decían de cariño, estaba en su rancho desgranando guandú.  

Ajéeeee ay ombe...

La anciana se asombró al verlos, “Je, ¿ustedes por aquí?”.

Chacachachá chacachachá tuiu tuiu tuiu tucutuplá chacachachá, tiu tiuui...

Doña Cantina trataba de calmar el escándalo:  “A ver, uno a la vez, que si hablan todos juntos no se les entiende nada.”

Finalmente el Repicador contestó: “¡A Tío Conejo se le ha perdido el Tamborito!” 
El Tío Rabel replicó: “Y queremos encontrárselo porque está muy enfermo”.
“Y usted es la única que nos puede ayudar, doña Cantita”  dijeron las hermanas.

Doña Cantalante entornó los ojos.  El tamborito había sido su vida por muchos, muchos años.  Y cuando desapareció, ella también se sintió triste, pero se dedicó a cuidar a sus nietos, a ordeñar su vaca y a pilar su arroz.  -A mi también se me ha perdido el tamborito -dijo-  ¡Voy con ustedes a buscarlo!  Vamos a casa del pujador y de la caja, ellos deben saber algo.

Chacachachá chacachachá tuiu tuiu tuiu tucutuplá tuplá
A buscá el tamborito voy, a buscá el tamborito voy…

Llegaron todos juntos a casa del Pujador y de la Caja.  Los encontraron discutiendo

- Pum pum-  -pleque pleque-

“Bueno ¿y ustedes por qué pelean?”, preguntó el Repicador
“Pregúntaselo a él”, contestó furiosa la Caja, “hace años que no me habla”.
“¿Que no se hablan?  ¿Pero ustedes no son hermanos?”, preguntaron las Hermanas Maracas que no concebían la vida la una sin la otra.
“Es que un día ella dijo que mi voz estaba grave, y si mi voz está grave, pues, ya no quiero usarla más”, dijo tajante el Pujador.
“Pero qué tonto eres.  Yo no dije que tu voz estaba grave, yo dije que tu voz es grave.  La mía es aguda -pleque pleque- y la tuya es grave -tun tun-.
“Es verdad”, dijo el Repicador, “y la mìa es más aguda aún”: -tucutuplá-
-Ah, caray, yo creí que…-, dijo apenado el Pujador y las risas de todos impidieron que terminara la frase.

Cuando al fin, terminaron de reírse, doña Cantita dijo: “Bueno, ahora sí estamos listos, vamos para el rancho de Tío Conejo.

“-¿Pero y el tamborito?  ¡Aún tenemos que encontrarlo!” - dijo alarmado el Repicador.
Y Dona Cantita, muy contenta, le respondió: “Vamos pequeño, creo que ya lo hemos encontrado”.
Y emprendieron todos juntos el camino de regreso a casa.

FIN

EPILOGO:
Tío Conejo se sintió tan feliz de que hubieran encontrado el tamborito que se le quitaron todos sus males, que al final resultaron ser solo una indigestión por comer demasiados bollos de maíz nuevo.  En cuanto se mejoró, ofreció un baile en su rancho al que asistieron, además de nuestros amigos, los animales del monte y algunos otros instrumentos típicos como el socavón, el guiro y la mejoranera. 
Ese día, durante el baile, el Repicador dió los tres golpes del tambor y los bailarines le hicieron la venia.  ¡Fue una fiesta espectacular!





Sonajero:
Es conocido como guiro o guaracha. Se fabrica con el fruto del churuco también conocido como una especie de calabazo, se le hacen hendiduras más o menos paralelas en dirección horizontal, las cuales se friccionan o rascan con una pieza que se hace con alambre, algunos utilizan en tenedor de comer u lo aplanan y el lado de trinche se usa como rasgador.

Bocona o Socavón:
Guitarra un poco más pequeña aunque menos delgada, tiene solo 4 cuerdas y su utilidad para acompañar los bailes es de las mejores.

Mejorana o Mejoranera:
Especie de guitarra alargada hecha de cedro tiene cinco cuerdas para su mejor sonido.

Rabel:
Es un violín criollo de tres cuerdas y al igual que los violines se tocan con un arco, este instrumento lleva la melodía con sus acordes suaves.

Acordeón:
Instrumento que a pesar de no ser de nuestra región, es parte fundamental de nuestra música y es un instrumento que se estira y encoge produciendo sonidos que llevan sazón y ritmo.

Pujador:
Instrumento de sonoridad más grave o baja, muy útil como acompañante al igual que la caja y el repicador donde se toca es piel de vaca y solo lleva un lado, el de arriba, en la parte de abajo es hueca.

El Repicador:
Es un tambor de cuñas con parche por un lado, es de efecto sonoro agudo y sirve para dirigir las parejas en el baile.

Las Maracas:
Se confeccionan con calabazas a las cuales se les saca el interior del fruto y se rellena con piedras o frijoles y se le ajusta un palo para que haga las veces de un mango que al agitarse, produzca un sonido que sumado al de otros instrumentos hace que se escuche agradable.

La Caja:
Tiene parches por los lados, se toca con bolillos. Es un instrumento cilíndrico y a la vez hueco, en el caso panameño esta cubierto con cuero en un extremo, amarrado con sogas y se acuña con trozos de madera pequeños. Existen muchas clases de tambor, las cuales tienen funciones específicas dentro de la música típica. Varían en forma pero la confección es igual.



viernes, 9 de septiembre de 2011

Café


- Venga mañana a buscar café.

El campesino dijo las palabras casi sin pensarlo, al escuchar a la lechuza.  Se sorprendió un poco al oírse.  Nunca había creído en apariciones y sintió que, sin quererlo, estaba canalizando a su abuela.  La recordó con cariño, contándole que la mejor manera de saber quién era bruja en el pueblo era convocándola al oírla silbar como la lechuza.  En su honor, lanzó un grito seguro:  ¡Venga mañana a buscar café!

El campesino sonrió y se acostó en la hamaca.  Hacía fresco.  En la mañana había trabajado duro limpiando el cuadro de pelota de la comunidad, a pleno sol y con su sombrero como único resguardo.  El fresco lo adormeció un poco hasta que las tripas le recordaron que tenía hambre.  Su mujer apareció con un bollo picadito y se sentó en el taburete a su lado.

- ¿Qué gritabas?
- Nada

Miró a su mujer.  La luz de la luna marcaba sus recién estrenadas arrugas. Sin poder formular claramente su pensamiento, lamentó no tener suficientes palabras para expresarle algo de afecto, tres hijos y quince años después del día en que fue a buscarla a casa de su mamá.  No le dijo nada, pero ella, como siempre, pareció leerle el pensamiento.  Lo miró, le sonrió y puso su mano áspera en el brazo de él. 

- Vamos pa‘dentro, que ‘ta enfríando la noche. 

Él agradeció no tener que usar sus palabras con ella.  Mientras cruzaban el patio, miró la sombra del naranjo, cargado en frutas y pensó que ya era hora de cosecharlas.  Ella hizo el mismo comentario en voz alta.  Unos pasos más adelante el perro de la casa salió a su encuentro, moviendo la cola.  Él recordó que le habían dicho que un tigrillo andaba merodeando por los patios.  La mujer se adelantó:

- Pasa pa‘la casa, Perrín, que hay un gato grande por ahí. 

El campesino entró a la casa, se quitó el sombrero y se preguntó qué haría si al día siguiente su esposa lo despertaba pidiéndole café.