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lunes, 26 de marzo de 2012
Emoticones
La Asamblea Anual de Emoticones Unidos terminó como siempre. Unos llorando a cántaros, otros rojos de la rabia, aquellos riendo a carcajadas y los más, queriendo disimular sus verdaderos sentimientos. Hasta el otro año, señores, gritó uno despidiéndose con la mano. El diablo, el ángel e incluso el extraterrestre partieron volando, deseando secretamente que no volvieran a citarlos mas a perder el tiempo. El Emoticón Presidente, con su eterna sonrisa sin dientes, dio por terminada la reunión, auguró mejores días para la agrupación y firmó el acta con dos puntos y un paréntesis. Al partir, uno torció la boca y dijo, “Cada día nos parecemos más a los humanos”.
lunes, 12 de diciembre de 2011
EL CONVENTO
La novicia y el doctor cruzaron juntos el patio interior del convento y caminaron por los antiguos corredores que llevaban a las celdas. Al llegar, ella se paró, como un soldado, junto a la puerta. El doctor asintió, tocó suavemente con los nudillos e hizo girar la perilla. Entró con la rapidez de un felino y se perdió en la oscuridad del cuarto. Afuera, la novicia esperó sin moverse, con las manos cruzadas. Nunca había visto a la hermana que vivía entre esas cuatro paredes. Nadie la había visto, salvo el médico y la madre superiora. Llegó una nochebuena en medio de bombas y balas, y se encerró a vivir sus últimos años en contemplación y absoluto silencio. Solo se comunicaba con el exterior a través de una pequeña rejilla corrediza por la que entraban y salían, sin mediar palabras, las simples vituallas, las perfumadas sábanas, los blancos hábitos.
Luego de un tiempo, no podría decir si largo o corto, el doctor salió, pálido y sombrío. Le pidió a la novicia que lo dirigiera hacia la madre superiora. La encontraron en la cripta del convento, dando órdenes con la fuerza de un general a los trabajadores que restauraban las antiguas paredes de piedra. El doctor le susurró dos frases al oído, y a pesar de que la novicia se había quedado en la puerta, la madre superiora le hizo un gesto para que se marchara. Eso fue todo lo que vio la única vez que se acercó a la celda de la hermana que vivía en contemplación.
Así se lo relató a los investigadores de la Comisión de Justicia y Paz cuando vinieron, años después preguntando si era cierto que ese convento le había dado refugio a una monja, que había llegado una nochebuena de bombas y balas, acompañada por el Nuncio Apostólico, cuatro días después de la Invasión.
lunes, 10 de octubre de 2011
La Prueba
Recolectaron muestras de la sangre con cuidado y laboriosidad. Inspeccionaron al cristo desde todos sus ángulos, sus resquicios, su base. Levantaron la corona de espinas. Revisaron el techo. Entrevistaron a los campesinos corvos, al médico rural, al sacerdote esquivo. Se dirigieron al carro, listos para emprender el largo regreso a la ciudad, donde los esperaban el laboratorio y un sin fin de pruebas y reportes.
Antes de subir, ella se libró de su bata blanca, la dobló y la puso sobre la tapa del motor, mientras se amarraba el cordón de su zapatilla. Al levantarse, se encontró de frente con una gran mariposa azul, que abría y cerraba sus alas sobre la bata. Permaneció inmóvil, mientras su corazón, más que palpitar, corría desbocado. Alargó la mano. La mariposa revoloteó y se posó, por breves instantes, en su dedo índice. Él, que conocía sus fobias mejor que la fórmula del agua, congeló una mirada bifocal y sonrió ante la irrefutable comprobación de un absoluto milagro.viernes, 9 de septiembre de 2011
Café
- Venga mañana a buscar café.
El campesino dijo las palabras casi sin pensarlo, al escuchar a la lechuza. Se sorprendió un poco al oírse. Nunca había creído en apariciones y sintió que, sin quererlo, estaba canalizando a su abuela. La recordó con cariño, contándole que la mejor manera de saber quién era bruja en el pueblo era convocándola al oírla silbar como la lechuza. En su honor, lanzó un grito seguro: ¡Venga mañana a buscar café!
El campesino sonrió y se acostó en la hamaca. Hacía fresco. En la mañana había trabajado duro limpiando el cuadro de pelota de la comunidad, a pleno sol y con su sombrero como único resguardo. El fresco lo adormeció un poco hasta que las tripas le recordaron que tenía hambre. Su mujer apareció con un bollo picadito y se sentó en el taburete a su lado.
- ¿Qué gritabas?
- Nada
Miró a su mujer. La luz de la luna marcaba sus recién estrenadas arrugas. Sin poder formular claramente su pensamiento, lamentó no tener suficientes palabras para expresarle algo de afecto, tres hijos y quince años después del día en que fue a buscarla a casa de su mamá. No le dijo nada, pero ella, como siempre, pareció leerle el pensamiento. Lo miró, le sonrió y puso su mano áspera en el brazo de él.
- Vamos pa‘dentro, que ‘ta enfríando la noche.
Él agradeció no tener que usar sus palabras con ella. Mientras cruzaban el patio, miró la sombra del naranjo, cargado en frutas y pensó que ya era hora de cosecharlas. Ella hizo el mismo comentario en voz alta. Unos pasos más adelante el perro de la casa salió a su encuentro, moviendo la cola. Él recordó que le habían dicho que un tigrillo andaba merodeando por los patios. La mujer se adelantó:
- Pasa pa‘la casa, Perrín, que hay un gato grande por ahí.
El campesino entró a la casa, se quitó el sombrero y se preguntó qué haría si al día siguiente su esposa lo despertaba pidiéndole café.
martes, 6 de septiembre de 2011
Otra Vida
Si yo pudiera retroceder el tiempo regresaría a la tarde esa en la que fui a tu oficina a pedirte algo que necesitaba, ya no recuerdo qué, un papel, una firma, qué se yo. Regresaría a esa tarde y al encontrarme frente a tu puerta, en lugar de hacer girar la manigueta y entrar, preguntándote, es usted el señor Santizo, seguiría de largo por el pasillo iluminado con esa luz blanca de hospital, hasta llegar a la escalera puerca de institución pública, bajaría los tres pisos, me despediría del conserje y me largaría para no volver jamás. En lugar de sentarme frente a tu pupitre y sonrojarme un poco cuando te vi mirándome las tetas con disimulo, entraría en el casino de la otra esquina, jugaría al black jack y me ganaría veinte mil dólares que emplearía en comprarme un pasaje y un guardarropa para unas maravillosas vacaciones en el caribe. En vez de estrechar tu mano como quien no quiere la cosa al despedirme y darme la vuelta cuando me pediste mi pin del Blackberry poniéndote a las órdenes por si yo necesitaba algo más, entraría a mi casa, mandaría a la mierda a mi mamá y me iría al salón de belleza a teñirme el pelo de rojo, porque tú odias a las pelirrojas y yo ya no quiero ser yo.
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